Hay tardes en las que dos hermanos no comparten ni el aire del living. Discuten por el sillón, por el turno del baño, por quién tocó primero la manta. No hace falta resolver el conflicto con una charla larga: a veces alcanza con cambiar de actividad y dejar que el cuerpo haga su parte. El equilibrio compartido obliga a mirarse y a esperar al otro, algo que en plena pelea no aparece por ningún lado.
Las propuestas son sencillas y no necesitan materiales. Sostenerse con una sola mano y contar hasta diez sin soltarse. Pasar un objeto de un extremo al otro de la habitación sin que se caiga, caminando despacio. Mantenerse en una pierna frente al otro, los dos al mismo tiempo, hasta que uno se ría y baje el pie. No hace falta que salga bien: el punto es que la atención se corra del conflicto al cuerpo, aunque sea por unos minutos.
Funciona mejor si el adulto también juega y se equivoca a la vista de todos. Perder el equilibrio, reírse, volver a intentarlo. Los chicos aprenden más de eso que de cualquier indicación. Si uno se enoja y se va, no se lo persigue: el juego queda armado para cuando quiera volver. La idea no es que se quieran en ese momento, sino que el cuerpo encuentre otra forma de estar juntos.